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Horacio Castellanos Moya
Literatura pata una Centroamérica
violenta
Por
Alejandro Soifer *
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Horacio Castellanos Moya
nació en Honduras y fue
criado en El Salvador.
Vivió en varias ciudades
de América latina y
actualmente reside en
Pittsburgh, Pennsylvania.
La diáspora y el exilio
se entrelazan con la
publicación de El asco (Tusquets),
novela de “imitación” de
Thomas Bernhard que le
valió repudios y
amenazas en San Salvador
desde su aparición, en
1997.
En esta entrevista,
Castellanos Moya habla
de su obra en plena
expansión y difusión, y
del desencanto producido
por Centroamérica, un
Edén que se convirtió en
zona caliente y
violenta. |
Su
propia forma de collar que une
América del Sur con América del
Norte la haría, acaso, zona de
tránsito, camino de tierra donde
nada pasa, donde los países se
confunden, las nacionalidades se
entienden como una misma separada
por caprichosos trazados
cartográficos. Nicaragua, Honduras,
El Salvador, Guatemala, Panamá. ¿No
hay nada ahí? ¿Es sólo pura selva y
tierra y revoluciones difíciles de
distinguir?
En medio
de todo este barro Horacio
Castellanos Moya dice: “No tengo
idea de quién estará construyendo el
imaginario nacional en
Centroamérica: a las élites no les
queda tiempo porque están
concentradas en el saqueo y la
rapiña, los intelectuales sobreviven
tratando de parecer simpáticos al
gran capital y al poder político, y
al pueblo no le queda más energía
que para buscarse la próxima
comida”.
Se
entiende, no es la voz de un
improvisado comentador sino la de un
escritor nacido en Tegucigalpa,
Honduras, y criado ya de niño en El
Salvador –que además pasó gran parte
de su vida recorriendo y viviendo en
distintas ciudades de América
latina, en especial Ciudad de
México–.
Si hay
alguien, entonces, que hoy en día
pueda pensarse como emergente de una
literatura centroamericana y que
logre trazar los límites de un mapa
difuso, es él.
La
literatura de Castellanos Moya, al
igual que su idea sobre la
posibilidad de la construcción de
ese imaginario, no deja de referirse
una y otra vez a la situación
política, social e histórica de la
región. Centroamérica es un mapa
nuevo a construir y él lo sabe: “No
tengo ninguna intención instructiva
en mis novelas. Los datos históricos
los incluyo porque me los pide la
trama. Ahora bien, no puedo negar
que Centroamérica, por ser una zona
periférica poco tratada
literariamente, al menos en el
terreno de la ficción, me ofrece
suficiente material que puedo
manejar a mi antojo”.
Periferia y literatura. Periferia e
historia. Las metrópolis que viven
de sus piedras preciosas no se
manchan las manos con el barro de la
historia que se sigue amasando, en
silencio, en una zona que nos
resulta todavía desconocida, y por
lo tanto, fascinante.
Thomas
Bernhard en San Salvador
La
primera novela de Castellanos Moya
lleva por título El asco. Thomas
Bernhard en San Salvador y la
referencia al gran escritor
iconoclasta austríaco parece
ineludible a lo largo de páginas en
las que el narrador reconstruye el
monólogo de Edgardo Vega, un
exiliado salvadoreño en Canadá que
ha tomado como nombre para sí el de
Bernhard y que se dedica, en ese
monólogo, a destruir uno a uno todos
los mitos de la esencia nacional
salvadoreña:
“Te
podrás imaginar, Moya, como si yo
considerara el patriotismo un valor,
como si no estuviera completamente
seguro de que el patriotismo tuviera
que ver con esas repugnantes
tortillas grasosas rellenas de
chicharrón que de haberlas comido
hubieran destrozado mi intestino,
hubieran agudizado aún más mi
colitis nerviosa, me dijo Vega.”
La
influencia bernhardiana se
desparrama también en varias de sus
obras que tienen a su vez, el tono
de cinismo destructivo y los títulos
en clara resonancia: Insensatez,
Desmoronamiento, La diáspora.
La
diferencia está en vivir al sur,
podría decirse. La diferencia de
Castellanos Moya es el haber nacido
y vivido en el trópico, en la zona
caliente donde una novela como El
asco no fue recibida con escándalos
en palacetes imperiales austríacos
sino con la concreta amenaza de
muerte que lo llevó al exilio.
Resulta
quizás incómodo, entonces, pensar en
la construcción de una literatura de
América Central para reubicar en el
mapa geopolítico a la zona teniendo
en cuenta estos valores.
A eso se
dedica Castellanos Moya: a atacar
los lugares del sentido común y a la
construcción de un imaginario
decadente, sin sentido, mostrando
los ribetes absurdos que adquiere la
experiencia histórica concreta de
una zona en conflicto permanente,
que no logra salir de la pobreza, la
exclusión y la violencia.
La
tentación de asociar esta mirada y
reflexión desde un emergente de la
literatura latinoamericana y
encastrarla con cierta tradición
nihilista europea de posguerra
parece fuerte. Aunque él piense lo
contrario: “Es significativo que un
intento de respuesta a esta cuestión
se encuentre en Respiración
artificial quizá la primera novela
latinoamericana profunda y
explícitamente infectada por
Bernhard. Pero yo no creo que lo que
se escriba en América latina sea eco
y respuesta a lo que ya se escribió
en Europa. La literatura europea de
las últimas décadas, con contadas
excepciones, no me dice nada; me
parece una anciana agonizante
preocupada por sus galas y porque no
le arrebatés el monedero”.
Si la
literatura europea agoniza,
Castellanos Moya le roba ese
monedero y se apropia para sí del
desencanto. Y lo mezcla con dosis de
un humor inusual.
Roberto
Bolaño escribió en el posfacio
agregado a la reciente reedición de
El asco que Castellanos Moya “es un
superviviente, pero no escribe como
un superviviente”. Castellanos Moya
como superviviente y exiliado: el
escritor que nació en Honduras,
vivió en El Salvador, recorrió
América buscando su lugar y no se
detuvo, sino que siguió en tránsito,
construyéndose a sí mismo y luego
produciendo una literatura donde
esto se trasluciría. Un primer
atisbo de aquella cartografía
llamada América Central. Una forma
de reubicarla en el mapa. Todo
tratado desde los ojos del
superviviente pero con el humor del
cínico, de quien celebra porque todo
está perdido, el mundo se acaba y no
hay ya nada más que hacer.
“Mi
segundo libro de cuentos, publicado
en México en 1987, se titula
precisamente Perfil de prófugo –dice
Castellanos Moya–. Años después de
publicarlo, en un momento de
claridad, comprendí que la huida era
mi impronta, que si algunos de mis
personajes huyen y siempre están
incómodos donde están, es en buena
medida porque ésa ha sido mi
experiencia y la conozco desde
dentro.”
Pero el
exilio es dolor también y no queda
superado por el giro sarcástico: “Yo
estoy fuera del juego. A principios
de los ’90, cuando terminaba la
guerra civil, regresé a El Salvador
con el entusiasmo de quien quiere
colaborar en la construcción de algo
nuevo. Con un grupo de amigos,
fundamos una revista mensual y luego
un periódico semanal, del que fui
director; pero el gusto nos duró
poco tiempo. La realidad era
demasiado dura, áspera a las nuevas
ideas. Yo me largué de nuevo. De
Centroamérica procede mi material
para escribir ficciones, pero
considero que esa zona es
irredimible en términos históricos”
dice Castellanos Moya.
Robocop
en América latina
Algo es
seguro: la literatura
latinoamericana parece haberse
sobrepuesto a ese shock llamado boom
y su inundación de las napas de
producción.
Si en
Colombia Mario Mendoza y Fernando
Vallejo (éste desde México), por
mencionar sólo a un par, hicieron
sonar con furia su voz del
desencanto estetizando a niveles de
complejidad y barroquismo verbal la
experiencia de la violencia interna,
del hermano enemigo y la destrucción
institucional que sobrevino a las
guerras civiles, revoluciones
incompletas y contrarrevoluciones de
sangre, en esa línea puede
inscribirse tranquilamente gran
parte de la obra de Castellanos
Moya. “La violencia exacerbada es
parte intrínseca de las sociedades
centroamericanas que yo recreo en
mis ficciones; no es algo buscado o
puro contexto, sino que está en la
esencia misma de lo narrado. Luego,
cuando he hablado de cultura de la
violencia me refiero a sociedades
donde la vida vale un par de pesos,
la voluntad y el placer de matar
están enraizados en buena parte de
las élites y la población, y el
sistema judicial naufraga en medio
de la corrupción generalizada”,
señala.
Quizá
podría encontrarse un momento
fundante de esa violencia en El arma
en el hombre, novela capital de
Castellanos Moya ya que lo narrado
en ella se recupera y fluye en otras
de sus narraciones, reconstruyendo
diversos aspectos de la acción desde
otros puntos de vista y
perspectivas.
En esta
novela el narrador se encarna en
Robocop, tropa de asalto
desmovilizada al finalizar la guerra
civil en El Salvador (que, incluso,
dice haber recibido instrucción
militar en Panamá y que cuando se
queda sin cadena de mando sobre sí
se encuentra solo, perdido y con sus
armas como único material con el que
salir adelante en esta nueva
sociedad):
“Mis
únicas pertenencias eran dos fusiles
AK-47, un M-16, una docena de
cargadores, ocho granadas
fragmentarias, mi pistola nueve
milímetros y un cheque equivalente a
mi salario de tres meses, que me
entregaron como indemnización”.
Robocop,
mitad máquina mitad hombre en la
película de Paul Verhoeven (1987),
es en este caso un hombre que no
conoce otro lenguaje que el de la
violencia. Y no es casual entonces
que sea esta novela el núcleo
medular de gran parte del resto de
la obra de Castellanos Moya; donde
se condensa la mayor violencia, el
mayor dolor, la mayor cantidad de
exilios y traslados, traiciones,
muertes y donde el lenguaje adquiere
su forma más acabada y perfecta. Un
tono de latigazos verbales que no
expresan emoción, que se limitan a
informar como se procede a la faena.
Robocop,
como personaje, es un hallazgo
porque al igual que los asesinos
niños de Vallejo en La virgen de los
sicarios sustituye cualquier impulso
primario (hablar, el sexo, amar,
comer) y lo reemplaza por el de dar
la muerte. Robocop sintetiza un tipo
social que se construye en la
violencia sin sentido; un tipo que
tiene sobre sí el movimiento
esperpéntico de la violencia que
caracteriza, en gran parte, a las
sociedades latinoamericanas
actuales.
Castellanos Moya dice acerca de su
personaje: “Robocop es un
sobreviviente –un criminal
desalmado, según la ley– que
aprovecha los conocimientos
aprendidos en la guerra para
mantenerse a flote en las nuevas
circunstancias. Un par de
generaciones de salvadoreños somos
sobrevivientes y construimos nuestra
identidad a golpes de timón y con lo
que tenemos a mano”.
La
construcción de la identidad de
Robocop como golpe de timón es la de
una violencia como el último
estertor de un agonizante.
“No me
gustó la forma como me miraba. Tomé
el dinero y le disparé en la sien”
relata Robocop uno de sus crímenes.
Precisamente, será el asesinato de
Olga María de Trabanino, relatado en
la novela como una misión más (“La
sorprendí en la cochera. Venía con
sus dos pequeñas hijas. Le disparé
una vez en el pecho y luego le di el
tiro de gracia”), el eje sobre el
cual girará su novela La diabla en
el espejo, y será referido en otras
como El asco y Donde no estén
ustedes, que retoma a José Pindonga,
acaso la contracara de Robocop, el
héroe romántico y melancólico, un ex
periodista y detective privado
encargado de investigar la muerte de
Olga María, torpe en todo lo que
hace y quien provoca los momentos
más hilarantes de la obra de
Castellanos Moya. Violencia y
sarcasmo. Destrucción y cinismo.
Robocop y Pepe Pindonga encarnan una
dualidad estética en la obra de
Castellanos Moya.
La
experiencia de la muerte es una
presencia, como sombra o realidad
concreta y cotidiana, que atraviesa
toda la narrativa de Castellanos
Moya, como si fuera un río
subterráneo que contamina todo lo
que toca. Esa experiencia física
afirma al mismo tiempo que subvierte
la estética del naturalismo; lo que
en ella era sangre interna que
trasmitía por generaciones el gen de
la derrota o del mal, aquí se ve
como una especie de río imaginario
de fluidos corporales que
interconectan las distintas obras de
Castellanos Moya pero como pura
presencia externa, contacto con la
sustancia. Robocop no duda en
sacarse los guantes para tener esa
experiencia en carne propia: “El
mayor aún respiraba cuando le
machaqué la cabeza con la culata de
la pistola: me quité el guante para
tomar sus sesos y restregárselos en
lo que quedaba de su rostro”.
Esa
presencia de la violencia como río
de sustancias restituye un lugar en
la historia a los olvidados y fluye,
tocando de algún modo u otro los
distintos relatos: “Quizá la sangre
de esos cien mil muertos es la que
los hace apestar de esa manera tan
particular” dice Thomas Bernhard en
El asco tendiendo un puente con
Insensatez, un relato voluptuoso
cuyo narrador es el encargado de
corregir unas mil cuartillas de un
informe sobre el exterminio brutal
de indígenas por parte de los
militares en un país
centroamericano. Situaciones de un
absurdo que encuentran cima en el
eco de la Guerra del Fútbol que
describe la trama de Desmoronamiento
y da cuenta de esa guerra entre
Honduras y El Salvador desencadenada
como excusa de un encuentro por las
eliminatorias del Mundial 1970 de
ambas selecciones nacionales. Una
guerra de la transpiración para
terminar con la mecánica de fluidos
que justifican, llevan, riegan, dan
cuenta de la muerte y la violencia.
Quizás
la construcción de esa América
Central que desconocíamos venga
empapada del desencanto de los
muertos no vengados y las tumbas sin
nombre que conocemos también como
experiencia directa.
“Por
eso, en contra de mi voluntad, he
tenido que ver y escuchar a esos
políticos apestosos por la sangre de
las cien mil personas que mandaron a
la muerte con sus ideas grandiosas,
un tremendo asco me producen esos
tipos tenebrosos que tienen en sus
manos el futuro de este país, Moya,
no importa si son de derecha o de
izquierda, son igualmente vomitivos,
igualmente corruptos, igualmente
ladrones, se les nota en la cara la
ansiedad por saquear lo que puedan a
quien puedan, unos pillos con saco y
corbata que antes tuvieron su festín
de sangre, su orgía de crímenes, y
ahora se dedican al festín del
saqueo, a la orgía del robo, me dijo
Vega.” La declaración de Bernhard en
El asco se sostiene con la fuerza de
un programa estético que Castellanos
Moya sigue desarrollando. Y en el
retumbar de esas palabras, el
trazado del mapa adquiere por
momentos la perturbadora fisonomía
de nuestros propios límites.
* Diario
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